Aunque, en un sentido, se puede decir que La señorita
de Tacna se ocupa de temas como la vejez, la familia, el orgullo,
el destino individual, hay un asunto anterior y constante que
envuelve a todos los demás y que ha resultado, creo,
la columna vertebral de esta obra: como y por que nacen las
historias. No digo como y por que se escriben -aunque Belisario
sea un escritor-, pues la literatura solo es una provincia de
ese vasto quehacer -inventar historias- presente en todas las
culturas, incluidas aquellas que desconocen la escritura.
Como para las sociedades, para el individuo es también
una actividad primordial, una necesidad de la existencia, una
manera de sobrellevar la vida. ¿Por que necesita el hombre
contar y contarse historias? Quizá porque, como la Mamaé,
así lucha contra la muerte y los fracasos, adquiere cierta
ilusión de permanencia y de desagravio. Es una manera
de recuperar, dentro de un sistema que la memoria estructura
con ayuda de la fantasía, ese pasado que cuando era experiencia
vivida tenia el semblante del caos. El cuento, la ficción,
gozan de aquello que la vida vivida -en su vertiginosa complejidad
e imprevisibilidad- siempre carece: un orden, una coherencia,
una perspectiva, un tiempo cerrado que permite determinar la
jerarquía de las cosas y de los hechos, el valor de las
personas, los efectos y las causas, los vínculos entre
las acciones. Para conocer lo que somos, como individuos y como
pueblos, no tenemos otro recurso que salir de nosotros mismos
y, ayudados por la memoria y la imaginación, proyectarnos
en esas "ficciones" que hacen de lo que somos algo
paradójicamente semejante y distinto de nosotros. La
ficción es el hombre "completo", en su verdad
y en su mentira confundidas.
Las historias son rara vez fieles a aquello que aparentan historiar,
por lo menos en un sentido cuantitativo: la palabra, dicha o
escrita, es una realidad en si misma que trastoca aquello que
supuestamente transmite, y la memoria es tramposa, selectiva,
parcial. Sus vacíos, por lo general deliberados, los
rellena la imaginación: no hay historias sin elementos
añadidos. Estos nos son jamás gratuitos, casuales;
se hallan gobernados por esa extraña fuerza que no es
la lógica de la razón sino la de la oscura sinrazón.
Inventar no es, a menudo, otra cosa que tomarse ciertos desquites
contra la vida que nos cuesta vivir, perfeccionándola
o envileciéndola de acuerdo a nuestros apetitos o a nuestro
rencor; es rehacer la experiencia, rectificar la historia real
en la dirección que nuestros deseos frustrados, nuestros
sueños rotos, nuestra alegría o nuestra cólera
reclaman. En este sentido, ese arte de mentir que es el del
cuento es, también, asombrosamente, el de comunicar una
recóndita verdad humana.
En su indiscernible mezcla de cosas ciertas y fraguadas, de
experiencias vividas e imaginarias, el cuento es una de las
escasas formas -quizá la única- capaz de expresar
esa unidad que es el hombre que vive y el que sueña,
el de la realidad y el de los deseos.
"El criterio de la verdad es haberla fabricado", escribió
Giambattista Vico, quién sostuvo, en una época
de gran beatería científica, que el hombre solo
era capaz de conocer realmente aquello que él mismo producía.
Es decir, no la Naturaleza sino la Historia (la otra, aquella
con mayúscula). ¿Es cierto eso? no lo se, pero
su definición describe maravillosamente la verdad de
las historias con minúscula, la verdad de la literatura.
Esta verdad no reside en la semejanza o esclavitud de lo escrito
o dicho -de lo inventado- a una realidad distinta, "objetiva",
superior, sino en si misma en su condición de cosa creada
a partir de las verdades y mentiras que constituyen la ambigua
totalidad humana.Siempre me ha fascinado ese curioso proceso
que es el nacimiento de una ficción. Llevo ya bastantes
años escribiéndolas y nunca ha dejado de intrigarme
y sorprenderme el imprevisible, escurridizo camino que sigue
la mente para, escarbando en los recuerdos, apelando a los mas
secretos deseos, impulsos, pálpitos, "inventar"
una historia. Cuando escribía esta pieza de teatro en
la que estaba seguro de recrear (con abundantes traiciones)
la aventura de un personaje familiar al que estuvo atada mi
infancia, no sospechaba que, con ese pretexto, estaba, mas bien,
tratando de atrapar en una historia aquella -inasible, cambiante,
pasajera, eterna- manera de que están hechas las historias.
Mario Vargas Llosa
Washington, Marzo de 1980.
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